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Deséame suerte, voy a ir a casa en Irlanda, ¡como una comensal basada en plantas!

Deséame suerte, voy a ir a casa en Irlanda, ¡como una comensal basada en plantas!

Uno de mis primeros recuerdos de la mesa del comedor fue de cuando tenía aproximadamente cinco años. Mi madre acababa de servir su tan esperado asado de los domingos, que consistía en cordero sazonado con romero, zanahorias, brócoli y papas, todos unidos, por supuesto, bajo una exquisita sombrilla de salsa que nos hacía la boca agua. Inmediatamente, me puse a trabajar y, agarrando ansiosamente mi cuchillo y tenedor, comencé a afrontar el contenido de mi plato, primero los vegetales verdes. Momentos más tarde, cuando solo quedaba la carne, mi padre, que había estado observando secretamente esta estrategia, me pidió que hiciera una pausa por un momento y explicara por qué había dejado la carne para el final. Indignada por este intento aparentemente malicioso de retrasar el postre, le dije, sin perder un segundo, que era porque “era lo mejor que había en el plato”. Sonriendo como un gato de Cheshire ante mi respuesta, correspondí felizmente, ahora confiada en que había dado la respuesta correcta.

De hecho, por haber crecido en la Irlanda rural, aparentemente, fue la respuesta correcta, un condicionamiento que se mantuvo sin cambios hasta que me mudé a Estados Unidos, casi hace nueve años. Desde el primer momento, las compras de comestibles probaron ser uno de los desafíos más difíciles de esta reubicación. Con una notable falta de las carnicerías, de estilo empresa familiar independiente, a las que estaba acostumbrada, rápidamente me di cuenta de que mis opciones ahora se limitaban a lo que el conglomerado local pudiera ofrecer. Y, después de las inspecciones sucesivas de cada uno, fue la primera vez en mi vida que imaginé que cualquier desayuno, almuerzo o cena se serviría sin ningún tipo de proteína de origen animal. No sé qué había en los estantes que llamó mi atención por primera vez, pero la combinación de filetes de pollo estrafalariamente grandes y los cortes de carne sospechosamente teñidos de gris me hizo temblar al instante. De hecho, estaba traumatizada, no solo porque ahora tenía algo de comprensión del sufrimiento que estos pobres animales habían soportado antes de su muerte, sino también porque sabía que este era el fin de mis días de comer carne.

Mi trauma, sin embargo, no se debió al hecho de que no quería parar, realmente estaba centrado en cómo lo haría. ¡No tenía educación en el asunto, y ciertamente ningún miembro de mi familia con el cual pudiera consultarle la idea del veganismo! Lo que siguió, por lo tanto, fueron años de intentar / abandonar hacer una transición completa y exitosa de omnívora a herbívora, algo que encontré inmensamente frustrante, ya que estaba decidida a no rendirme. Y luego, un día, descubrí El Estudio de China. Devorando página tras página con avidez, comencé a darme cuenta de que mis esfuerzos hasta ese momento se habían visto estropeados por el reporte, constante e inexacto, de la información nutricional, tanto en las noticias como a través de las redes sociales. En los hallazgos del Dr. T. Colin Campbell, comencé a sentir que habían sido halladas todas las piezas faltantes del rompecabezas, y que no había escasez de evidencia científica que respaldara una lista casi interminable de razones para no consumir carne (algunas de las cuales ni siquiera había considerado), como su efecto devastador en el ambiente, por ejemplo. No, esto no era una moda pasajera, y al empoderarme con la información que ahora tenía a la mano, estaba emocionada de comenzar a compartirla —una perspectiva que se hizo verdaderamente viable una vez que descubrí el Certificado de Nutrición Basada en Plantas de eCornell—.

Habiendo terminado recientemente este programa maravilloso y revelador, diría que estoy completamente dedicada a este camino transformador. Con cada lección totalmente transformadora de vidas que aprendí en este, y cada comida satisfactoria, basada en plantas sin procesar, que puedo disfrutar cómodamente, sabiendo que no es perjudicial para mí o para el planeta, nunca me he sentido mejor, más saludable o más feliz. Pero conozco a muchos a mi alrededor, sin culpa, que no lo hacen. En unas pocas semanas, viajo de vuelta a casa, en Irlanda. Esta vez llegaré, sin embargo, no con la respuesta correcta, sino con la verdad. Estaré encantada de compartirla, pero feliz en el sentido más responsable de la palabra.

No creo poder soportar contar, sin dejarme afectar emocionalmente, los muchos miembros de la familia que se han perdido por cada tipo de cáncer devastador que puedas imaginar. Sé que ninguno de ellos habría aceptado, sin pruebas contundentes, de todos modos, que las carnes que ingerían a diario estaban muy lejos de la nutrición que creían que era. También sé que, incluso con los hechos, este mensaje sería, y seguirá siendo, muy difícil de vender. Pero estoy preparada para el desafío, no solo porque creo que una cultura puede cambiar sus formas arraigadas, sino porque mis padres, afortunadamente, todavía están vivos. Y, con este detalle en mente, ahora será mi turno de detener a mi padre en el momento final de su cena dominical, y comenzar a educarlo sobre por qué, con absoluta certeza, la carne es lo último que debe estar en el plato de alguien.

Receta de Emily Dreeling

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