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Reflexiones sobre la ciencia

Reflexiones sobre la ciencia

La ciencia, según una definición abreviada del diccionario de Oxford, es la actividad de observar el mundo natural, a través del estudio sistemático y la experimentación. Sostengo que nos hemos desviado de ese significado, muy a nuestra desventaja. La mayoría de las personas aún valoran la palabra “ciencia” y quieren usarla para justificar sus creencias. Pero al hacerlo, muchos de estos esfuerzos están erosionando su verdadero significado. Para esta discusión, me refiero principalmente a la disciplina de la nutrición y, más particularmente, a los poco conocidos pero muy impresionantes beneficios para la salud de una alimentación basada en plantas sin procesar —abreviada WFPB (sigla de Whole Food Plant-Based)—, no vegana y no vegetariana sino una alimentación basada en plantas sin procesar.

Gran parte de la evidencia de respaldo para esta alimentación (estilo de vida, en realidad) ha surgido durante los últimos 20 a 30 años. Debido a que cuestiona a algunas poderosas fuerzas sociales y económicas contrarias, ahora tenemos un intenso debate, con ambas partes afirmando que tienen a la “ciencia” de su lado. Por lo tanto, es hora de reconsiderar el significado de esta palabra: ciencia.

Una segunda palabra también necesita aclaración, la “Academia”. Generalmente pensamos en una academia como un lugar físico de aprendizaje. Pero hay un significado más amplio al que me refiero aquí. La Academia (mayúsculas intencionales) —en referencia a nuestro interés en alimentos y salud— se refiere a una comunidad intelectual virtual cuyo propósito general es establecer las reglas y dirigir la ciencia básica que subyace el entendimiento público sobre los alimentos y la salud.

La Academia incluye una variedad de disciplinas y agencias que tienen un propósito común. Estos incluyen las agencias de financiación de la investigación (por ejemplo: los Institutos Nacionales de Salud, la Sociedad Americana Contra el Cáncer, American Heart AssociationAsociación americana del corazón, en español—), las sociedades profesionales (por ejemplo, Academy of Nutrition and Dietetics (Academia de nutrición y dietética, en español), la Asociación Médica Estadounidense), universidades e institutos de investigación que hacen la mayor parte de la enseñanza e investigación de la “ciencia” y las agencias de política alimentaria y de salud (por ejemplo, el Instituto de Medicina, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, la Oficina del Cirujano General) que formulan recomendaciones sobre políticas públicas. He estado activo en cada una de estas disciplinas y generalmente cantan del mismo cancionero. En pocas palabras, sus mensajes de alimentación y nutrición difieren solo en detalles menores. Se puede resumir mejor diciendo que están ocupados defendiendo el orden establecido, que está poblado por muchas industrias muy grandes y de larga data que han estado trabajando muy duro para infiltrarse en la Academia. Por desgracia, están siendo extraordinariamente exitosas.

Mi historia sobre lo que yo conocía sobre la ciencia es personal y profesional. Fue en 1956 cuando entré a la facultad de posgrado en Cornell y comencé mi carrera en la ciencia de la alimentación y la salud. Estaba completando mi primer año en la facultad de Veterinaria e inesperadamente recibí un telegrama de un famoso profesor de Cornell desconocido para mí, quien me ofreció una beca para unirme a él. Acepté, en parte porque mi padre no tendría que luchar por dinero que no tenía para mi educación en la facultad de Veterinaria y en parte porque involucrarse en “investigación médica” sonaba intrigante.

Yo sabía muy poco acerca de lo que significaba estar en la facultad de posgrado trabajando en “ciencia”. Pero, con el tiempo, llegué a creer que significaba algo que realmente me gustaba. Yo estaría haciendo preguntas de mi elección y luego haciendo investigación experimental en el laboratorio para encontrar respuestas. Antiguamente, significaba formar hipótesis y luego hacer investigación para producir evidencia que respaldaba o rechazaba estas hipótesis. Era un mundo de exploración y descubrimiento, siempre y cuando pudiera encontrar fondos para respaldar mi investigación (mi financiación en la facultad de posgrado fue proporcionada por los profesores con los que trabajé).

Desde entonces, hasta hace relativamente poco tiempo, he disfrutado estar en la “ciencia”, haciendo investigación experimental para producir “evidencia”, una carrera realmente encantadora. ¡Se trataba de libertad personal! También me gustó la idea de lo que es la ciencia, es decir, el “arte de la observación”, en oposición a la tecnología que utiliza experimentos para hacer las cosas. Para mí, la ciencia se trata de buscar las verdades naturales, pero rara vez, si es que sucede, las encuentra. Se trata de disfrutar el viaje y del intercambio de ideas en el combate intelectual. También requiere una vigilancia continua sobre las motivaciones y los ideales, y cuestionar si las interpretaciones de los resultados experimentales están suficientemente libres de sesgos personales. Esto puede sonar un poco idealista —y lo es—, pero este fue el ambiente de “ciencia” que llegué a entender y experimentar.

Sé que esto suena como un cuento de hadas de la torre de marfil, o la Academia, donde la vida es buena y la investigación se lleva a cabo sin sesgos personales. También es bastante razonable, entonces, asumir que la Academia lleva a cabo la investigación científica más confiable: tienen las mejores reglas. Convertirse en miembro de estas instituciones generalmente requiere “credenciales” y una aceptación de las “reglas” por las cuales las verdades son buscadas y compartidas con otros. Estas reglas generalmente se refieren al uso de la financiación pública, la publicación de resultados que son criticados por expertos y la admisión de cualquier conflicto personal de interés, entre otros criterios que hacen hincapié en la ciencia objetiva. Por lo tanto, la evidencia producida por la Academia, de acuerdo con estas reglas, generalmente infiere una autenticidad imparcial. Desobedecer estas reglas significó duras penas para las personas que fueron atrapadas engañando y ceños fruncidos para aquellos que fueron demasiado lejos afirmando hechos a partir de fantasías.

La Academia ha producido cantidades masivas de información “científica” y, bien sea buena o mala, la gente usa automáticamente esta información para legitimar sus creencias sobre la salud humana. No es necesario que definamos la Academia por paredes físicas cubiertas de hiedra. Las paredes existen pero son menos visibles. En el mundo de las ideas, estas paredes probablemente se definen mejor como las fronteras de un paradigma.

Estar dentro de la Academia no garantiza objetividad, autenticidad e integridad. Y estar fuera de la Academia no significa necesariamente tener creencias con poco o ningún valor. Es mi experiencia que estos límites, que se han utilizado para evaluar lo que es aceptable y lo que no en el mundo de la ciencia, se están volviendo más y más borrosos. La pregunta es, por lo tanto, ¿cuán importantes son estos límites? Estoy siendo ambiguo porque atesoro muy profundamente las reglas o ideales de la Academia, pero cada vez me molesta más la autoridad y la exclusividad asumidas por algunos miembros de la Academia, como si la sola membresía los calificara como árbitros de la verdad.

De acuerdo con las opiniones de la Academia sobre la ciencia, si nuestras hipótesis van a ser confirmadas, debemos esperar los mismos resultados cuando se repiten los experimentos. Además, las hipótesis deben ser falsables, es decir, no podemos hacer declaraciones de creencias para las cuales no hay manera de refutarlas. El famoso filósofo, Karl Popper, fue más lejos y propuso que podríamos desarrollar y refinar mejores hipótesis si intentamos refutarlas.

Estos son los ideales en los que llegué a creer cuando empecé mi carrera profesional hace casi seis décadas y he tratado de guiarme por ellos. Pero, ahora, estos ideales parecen estar erosionando, por lo menos dentro de la disciplina de la alimentación, la nutrición y la salud. Con tal erosión, se hace cada vez más difícil tener un diálogo responsable, especialmente en materia de nutrición.

Creo que la transigencia de ideales se ha vuelto más pronunciado y común a medida que los emocionantes beneficios para la salud producidos por los alimentos basados en plantas sin procesar se dan a conocer más. No debemos olvidar que esta es una evidencia especialmente disruptiva que cuestiona las costumbres y creencias de larga data. Nuestra alimentación tradicional ha estado (durante mucho tiempo) centrada en proteínas, lo que hace hincapié en el consumo de la proteína denominada de alta calidad de las comidas de origen animal. En contraste, esta evidencia más reciente demuestra que una alimentación basada en plantas sin procesar con mucha menos proteína total es mucho más productiva para una buena salud. Además, no necesitamos consumir comidas de origen animal para obtener la proteína que necesitamos. Al limitar o evitar las comidas de origen animal, también aumentamos nuestro consumo de alimentos que son mucho mejores para promover la salud y reducir la enfermedad (lo mismo ocurre, por motivaciones algo diferentes, cuando consumimos comida preparada y procesada ​con alto contenido de grasa y carbohidratos refinados).

La evidencia que favorece los alimentos basados en plantas sin procesar como fuente de salud es tan convincente, profunda y relevante como cualquier otra que haya visto en mi carrera en la ciencia nutricional. Pero, debido a que esta evidencia desafía severamente algunas creencias y prácticas corporativas muy arraigadas que constituyen el orden establecido, invita a que los defensores de este orden hagan intentos desacertados para abusar de las reglas de la buena ciencia. Estos defensores pueden estar a ambos lados de las fronteras de la Academia.

Este problema de la tergiversación de la información en nombre de la ciencia tiene consecuencias. Si no se resuelve, la evidencia que favorece los alimentos basados en plantas sin procesar se reducirá a un balbuceo público para que no se tome en serio. Esto sería trágico, porque estos hallazgos tienen la capacidad de hacer una contribución importante a la condición humana y al mejoramiento de nuestra sociedad y nuestro planeta. Por lo tanto, debemos esforzarnos por la excelencia del mensaje, uno que se adhiera a los ideales de la buena ciencia.

He reflexionado sobre este problema del discurso científico cada vez más corrompido por un número de años, por qué existe e incluso si podría estar exagerando mi preocupación. Estoy ciertamente abierto a la idea de que estoy equivocado, que en realidad solo estoy descubriendo una práctica que existía tanto antes como ahora. Dejaré esto para que tú decidas. Aun así, creo en los ideales de la buena ciencia —como la mayoría de mis colegas— y creo que pocos estarán en desacuerdo con estos ideales y la necesidad de que periódicamente los recordemos.

Este problema de abusar del concepto de ciencia toma varias formas e involucra a una variedad de personas e instituciones, tanto dentro como fuera de la Academia. Estoy convencido de que gran parte de este diálogo comprometido es involuntario debido a la simple ignorancia de los hechos y a la incomprensión del método científico. Sin embargo, algo de este abuso es intencional debido a la creencia de algunos de que es más importante defender el orden establecido (creación de empleo y seguridad, retorno de la inversión, etc.), sin importar si esto puede ser beneficioso para la salud humana.

Citar ejemplos de lo que es un mal uso intencional de la ciencia y lo que no lo es, es difícil, y tal ejercicio podría empeorar la situación. Al menos, esa fue mi opinión cuando empecé a escribir mi libro, Whole. En lugar de documentar los daños y las malas comunicaciones en este campo de la alimentación y la salud, estaba más interesado en explorar ese aspecto del sistema que, fundamentalmente, permite que ocurran daños improductivos. Llegué a la conclusión de que es nuestro bien intencionado, pero desaconsejable enfoque en los detalles, que son más capaces de capturar las ganancias del mercado. Las declaraciones maliciosas sobre la salud que favorecen estos detalles corren en paralelo, a menudo en nombre de la “ciencia”. Esto es a lo que me refiero cuando digo que el comportamiento malicioso ocurre involuntariamente —muchas personas realmente creen en los detalles, pero sostengo que creen que es buena ciencia cuando no lo es—.

La Academia apoya esta desgracia animando la investigación que produce detalles, en nombre de la buena ciencia. La disciplina de la nutrición es un buen ejemplo. Detalles (es decir, nutrientes individuales) pavimentan el camino hacia el mercado donde se producen los ingresos. Pero, debido a que estos detalles sobre los nutrientes individuales se descubren fuera del contexto del todo —whole, en inglés— (todo el alimento sin procesar —whole food, en inglés—, respuesta de todo el cuerpo —whole body response, en inglés—), eso no se hace en el nombre de la buena ciencia.

Esto me quedó muy claro cuando participé en tantos de los así llamados paneles de expertos que determinaban qué tipo de investigaciones deberían financiarse y cómo estos hallazgos podrían utilizarse para hacer políticas públicas sobre alimentos y salud. Para empeorar las cosas, cuando las instituciones académicas (el núcleo de la Academia) se vuelven cada vez más dependientes de fondos externos para hacer estas investigaciones, se envalentonan cada vez más para proteger su fuente de financiación, defendiendo así el orden establecido, ya sea produciendo comidas que hacen que la gente se enferme, o bien sea produciendo nuevos medicamentos destinados a curar a las víctimas desafortunadas de estas comidas o al educar a los especialistas de la salud quienes son necesarios para cuidar a los enfermos. Es un círculo cerrado que debe ser roto.

En este torbellino de enfermedades y costos desorbitados de atención médica que hemos llegado a ver en los Estados Unidos, muchas personas que trabajan desde ambos lados de la Academia dicen usar la ciencia para defender sus creencias, sus hábitos y sus prácticas.

Entonces, ¿con qué fundamento creo que puedo hablar desde ambos lados de las fronteras de la Academia? Es porque he vivido en ambos lados y he experimentado sus ventajas y desventajas.

Durante la mayor parte de mi carrera, viví dentro de los límites de la Academia y traté de seguir las reglas y disfruté mucho de los “debates” al interior de la misma, la camaradería de colegas académicos y la emoción excepcional de trabajar con muchos estudiantes graduados y de pregrado. Tuve éxito en la adquisición de cantidades generosas de fondos públicos altamente competitivos para nuestra investigación, publicamos hallazgos extensos en las mejores revistas profesionales y di conferencias a las comunidades académicas en los Estados Unidos y en el extranjero (por ejemplo, en universidades en aproximadamente 40 de los 50 estados). Ha sido una buena vida, académicamente hablando.

Hasta mediados de los años ochenta lamenté la legitimidad de los así llamados grupos atípicos como los vegetarianos y, un poco más tarde, los veganos. En la Academia, “sabíamos” quiénes eran legítimos en nombre de la ciencia y quiénes no lo eran, y estos grupos “V”, cuyas opiniones se basaban sobre todo en criterios ideológicos, no estaban a la altura para ser legítimos. Evidentemente era una perspectiva bastante elitista, por lo tanto, pongo en mayúscula aquí la palabra “Academia” con el fin de enfatizar esta perspectiva obvia.

Al explorar más a fondo lo que es ciencia legítima y lo que no es —es decir, según la Academia— tal determinación se vuelve más difícil cuando la evidencia es sustancialmente diferente de lo que hemos llegado a creer. Mi propio programa de investigación, por ejemplo, estaba desarrollando una corriente de evidencia inesperada que claramente estaba más allá de la comprensión de la Academia sobre la ciencia de la nutrición (al menos en ese momento). Esto incluyó lo siguiente:

En nuestros estudios experimentales con animales demostramos que, en lugar de que el cáncer humano fuera causado principalmente por la presencia de sustancias químicas “ambientales” o virus o antecedentes familiares, los nutrientes en los alimentos (alimentados a niveles inapropiados) fueron mucho más prominentes. En una larga serie de estudios experimentales en ratas (llevados a cabo durante 27 años), podíamos activar y desactivar el crecimiento del cáncer de hígado cambiando los niveles de proteína en los alimentos y esto ocurrió dentro de rangos de consumo de nutrientes que muchas personas experimentan rutinariamente.

Descubrimos que era la proteína de origen animal (caseína, la principal proteína de la leche de vaca), pero no la proteína de origen vegetal la que activaba el cáncer. De hecho, nuestros amplios estudios demostraron que, de acuerdo con los criterios para probar sustancias químicas ambientales para posible carcinogenicidad, la caseína es el carcinógeno químico más relevante jamás identificado. La grasa en los alimentos, aunque no tan bien investigada por nosotros como la caseína, hizo lo mismo, en este caso con cánceres pancreáticos y mamarios.

Descubrimos que estos resultados eran consistentes con los estudios observacionales en humanos conducidos por otros grupos de investigación. Las personas que se trasladan de sociedades de alto riesgo de cáncer a sociedades de bajo riesgo de cáncer (o viceversa) asumen los riesgos de cáncer de los países a los que se mudan y, además, estos cambios de riesgo se atribuyen principalmente a la nutrición, no a los genes.

Descubrimos que, aunque todas las enfermedades tienen una base genética, algunas directas, algunas indirectas, es el control de la “expresión” genética por la nutrición lo que importa mucho más que la mera presencia o ausencia de genes mutados. (Las enfermedades infecciosas tienen una base microbiana, pero nuestra susceptibilidad a estas enfermedades depende de nuestro sistema inmunológico cuya respuesta tiene una base genética).

Durante muchos años (finales de los años sesenta hasta finales de los ochenta), buscamos el “mecanismo” responsable del efecto cancerígeno de la caseína y, finalmente, quedó claro que rara vez, si nunca, es un evento de enfermedad (o de otro resultado) debido a un “mecanismo” individual o a un único gen. En su lugar, innumerables nutrientes que se encuentran en los alimentos operan a través de innumerables mecanismos biológicos que surgen de un gran número de genes. Era como si los efectos de los nutrientes, buenos y malos, funcionaran como si estuvieran altamente integrados, como parte de una sinfonía.

Finalmente, me di cuenta de que la historia mucho más importante sobre la alimentación y la salud era la convergencia de nutrientes y mecanismos para demostrar que la alimentación ideal para promover la salud humana y resistir la enfermedad se compone de alimentos basados en plantas sin procesar.

Fue alrededor de esta época (finales de los ochenta y principios de los noventa) que me enfrenté a una experiencia que puso a prueba mi buena voluntad de promover un debate serio sobre nuestras emocionantes y prometedoras conclusiones no solo dentro de la Academia, sino también para el público.

Comenzó con una historia destacada en la sección de ciencia del New York Times —junto con las historias complementarias destacadas en USA Today, The Saturday Evening Post y otros— que anunciaron visiblemente nuestros hallazgos a nivel nacional en la China rural de asociaciones de posibles características de alimentación y estilo de vida con tasas de mortalidad de enfermedades en humanos. Como suele ser el caso, el artículo del New York Times, al igual que los demás, era bastante enfático, prominente y provocativo. Yo estaba algo incómodo con su tono porque hasta ese momento, yo prefería un enfoque más conservador al discutir nuestros resultados de investigación más polémicos. Los artículos de noticias provocativas, incluso si son confiables, pueden significar problemas para la posición académica, especialmente cuando se cuestiona la proteína.

O bien restaba importancia a este informe de nuestro trabajo como demasiado entusiasta y me quedaba dentro de los confines conservadores de la Academia o lo aceptaba y probaba la respuesta desconocida por fuera de la Academia. Sin embargo, en realidad solo había un camino, ¡y este era decir la verdad como yo estaba llegando a conocerla! Tuve que aceptar, por ejemplo, que esta historia era un recuento razonablemente confiable de la entrevista que había dado. También acepté su fiabilidad porque estos hallazgos en la China rural para los humanos corroboraron nuestros estudios de laboratorio (aunque estos últimos no se discutieron en términos generales en la noticia). Por lo tanto, había llegado el momento de explicar y defender estos hallazgos provocativos en lugar de jugar sobre seguro y solo decir: “Necesitamos más investigación”, como lo hacemos con frecuencia en los círculos académicos. Esta información era demasiado importante —tanto para los que pagaban la investigación como para los que se beneficiarían de sus hallazgos— para permanecer dentro de los confines de la Academia mientras es sumergida en muchos “sí”, “y” y “pero”.

Algo más ocurrió durante este tiempo que me animó a ser un poco más aventurero. Me enteré de las experiencias clínicas de los médicos de atención primaria (los Dres. Alan Goldhamer, John McDougall, Caldwell Esselstyn, Jr. y Dean Ornish, en ese orden cronológico) que ya estaban usando la misma alimentación en los pacientes para resolver problemas de salud reales. Sus éxitos fueron totalmente coherentes con nuestros hallazgos basados ​​en la investigación.

Cuatro consideraciones: nuestros hallazgos de laboratorio, los hallazgos del proyecto de China, los resultados clínicos correspondientes de colegas y el ímpetu iniciado por los medios se combinaron para sugerir que esta idea tenía el potencial de ser un serio punto de inflexión para el futuro de la humanidad. Esta nueva conciencia se produjo hace casi 25 años, aunque surgió de nuestra investigación iniciada hace 45 años.

Esperaba discutir esta información supuestamente “nueva” con mis colegas profesionales (desde comienzos a mediados de los años noventa). De hecho, ya había redactado un programa de investigación y enseñanza en Cornell para este propósito y estaba hablando con personas que visitaron nuestro grupo de investigación tres veces para discutir su interés en proporcionar fondos sustanciales para este propósito. Durante muchos años, había adquirido experiencia organizando simposios profesionales, programas y series de seminarios mientras presentaba un gran número de mis propias conferencias a instituciones académicas. Este nuevo proyecto sería uno de los más prometedores —o eso pensaba—.

Pero discutir estos hallazgos biológicamente complejos para el público planteó dos desafíos. En primer lugar, tuve que explicar hallazgos que la Academia no aceptaba fácilmente, por miedo a que fueran considerados charlatanería y, en segundo lugar, tenía que desarrollar una narrativa más fácil de usar, pero científicamente calificada, accesible al público. Y había otro problema. Me estaba dando cuenta de una brecha sorprendentemente enorme en el conocimiento de alimentos y salud entre lo que la Academia cree que es bueno y suficiente y lo que el público en general merece escuchar. Informar una historia al público sobre los resultados provocativos de investigación sin violar la base científica de la evidencia —como exigía el criterio de la Academia— es una senda muy estrecha para caminar.

Quiero que mis puntos de vista sean científicamente confiables, por supuesto, pero tampoco quiero que se vean tan limitados por los tecnicismos triviales que tienen poca o ninguna relevancia para el público. Quiero credibilidad científica —como la mayoría de mis colegas— y la mayoría de nosotros trabajamos duro para lograr esta medida de calidad.
Al elegir vías de este tipo, no es suficiente decir, muy simplemente, que queremos buena ciencia. Es importante saber bien lo que realmente significa este privilegio. Desafortunadamente, la palabra “ciencia” en el mercado se ha vuelto prácticamente carente de sentido. Muchas personas utilizan la palabra para ganar credibilidad para sus creencias y, lo más importante, cuando promocionan sus productos y servicios que les generan dinero. Pero, en mi experiencia, hay tantas afirmaciones cuestionables de respaldo o científico que, en este momento, casi ninguna se puede creer sin hacer grandes esfuerzos para encontrar y examinar sus fuentes —si es que existen—. Debido a que esto no es práctico, debemos contar con un sistema en el que podamos confiar, pero para mí, encuentro que esto es cada vez más difícil, especialmente cuando la puerta está cerrada para incluso discutir la información.

Al recorrer este camino y pensar a menudo en el idealismo, pero también en las realidades de lo que constituye una buena ciencia, he llegado, a regañadientes, a un cinismo que nunca pensé que fuera posible. Industrias enteras de alimentación y farmacéuticos ahora descansan sobre los fundamentos del engaño científico. Incluso cuando individuos personalmente honestos y bien intencionados afirman hechos técnicamente precisos, estos hechos pueden basarse en experimentos estrechamente enfocados, omitiendo así contextos importantes, pero no expresados, ​​que pueden dar conclusiones muy diferentes. Cada vez con más frecuencia, la declaración: “…basado en pruebas científicas”, es aliento perdido.

Este problema surge no solo por un deseo insaciable de dinero, sino también por la forma en que pensamos respecto a la ciencia, tal como se aplica a la salud humana y más particularmente a la ciencia de la nutrición y a la práctica de la medicina. Desde una perspectiva, pensamos en la ciencia de una manera muy reduccionista, tanto al hacer pruebas en investigación como al aplicar esta información en la práctica. Tal investigación es importante, y se puede hacer bien y honestamente y, de este modo, se consideraría como ciencia de alta calidad. Pero una perspectiva sin contexto no es ciencia de buena calidad.

Mi interés en el significado de la ciencia y cómo se usa comenzó temprano en mi carrera con una generosa cantidad de ingenuidad. Por desgracia, sigue siendo solo un trabajo en progreso. En este momento, sin embargo, mis pensamientos se reducen a dos preguntas fundamentales: 1) ¿Cuáles son los criterios para crear pruebas científicas auténticas? y 2) ¿cómo deben interpretarse y transmitirse a otros los datos recopilados en nombre de la ciencia?

Para profundización, me inclino a preguntarme si podemos aprender algo de la historia para nuestros problemas contemporáneos de mal uso de la ciencia. Me parece que conocer el origen de las ideas importantes es bastante informativo del presente, especialmente en el campo de la alimentación, la salud y su ciencia subyacente de la nutrición. De mi lectura de esta historia, el problema del abuso científico siempre ha estado presente, como si fuera parte de la naturaleza humana. En tiempos anteriores, sin embargo, fueron los individuos quienes vendieron aceite de serpiente. Pero, durante estos tiempos más recientes, las causas del abuso son diferentes. Ahora tenemos que lidiar con un poder corporativo muy poderoso e impersonal que controla en gran medida lo que a muchas personas se les permite decir. Desde esta perspectiva de la experiencia personal, estoy bastante seguro de que este problema del abuso de la ciencia se ha vuelto peor, mucho peor.

Comencé esta discusión con la suposición de que la mejor ciencia es conducida por la Academia de acuerdo con sus ideales y sus criterios. Luego deduje que algunos individuos calificados para estar dentro de la Academia asumen que son las autoridades quienes determinan lo que es ciencia aceptable (es decir, la verdad) y lo que no lo es. Además, parece haber una barrera virtual alrededor de la conversación científica que divide a los conocedores de todos los demás. Pero, en mi experiencia, estos muros se están erosionando rápidamente, planteando la pregunta de si esto es bueno o malo.

En este punto debo concluir que no es tanto el hecho de pertenecer o no a la Academia lo que más importa, sino la integridad personal y el sincero interés de servir al público. En este asunto, no encuentro diferencia entre los conocedores y las personas ajenas. De hecho, me inclino a creer que el abuso de la ciencia al interior de la Academia es más preocupante que en el exterior. No es donde uno se posiciona, sino en donde se encuentran sus intereses y pasiones.

Dejando a un lado a la gran mayoría de personas que son individuos honorables, dentro y fuera de la Academia, los abusadores internos tergiversan la ciencia, en gran parte, porque están personal y financieramente en conflicto a través de sus consultorías con el sector con fines de lucro. Los abusadores externos tergiversan la ciencia en gran medida debido a la ignorancia de los hechos y los métodos por los cuales se produce la ciencia aceptable. En ambos casos, la atracción por el abuso es el atractivo del dinero.

En cuanto a si la erosión de las fronteras de la Academia es algo bueno o malo, esto depende de si estamos hablando de las operaciones de la Academia o de sus ideales. En cuanto a las operaciones, es mi experiencia que la Academia ha fallado en hacer el bien público. Además, no hay razón para suponer que la simple pertenencia a la Academia automáticamente califica a los individuos a hablar con autoridad sobre la ciencia. Si hablamos de los ideales de la buena ciencia —probablemente administrados por la Academia— entonces las fronteras deben mantenerse estrictamente. Las universidades de gran nombre (el núcleo de la Academia) están ahora demasiado endeudadas con las agencias de financiación y los patrocinadores corporativos de la investigación. Las agencias de financiamiento de renombre como los Institutos Nacionales de Salud están demasiado endeudadas con los caprichos políticos del financiamiento del Congreso que son controlados principalmente por corporaciones que favorecen píldoras y procedimientos en lugar de la alimentación y el estilo de vida como un medio para la salud humana.

Sugiero que necesitamos una discusión seria sobre lo que es y no es la ciencia y debe implicar tanto de la sociedad como sea posible. En pocas palabras: la ciencia debe ser objetiva, transparente, de mente abierta y autocorrectiva a través de la supervisión profesional. El proceso de la ciencia debe ser una búsqueda de la verdad y nada más que la verdad, y esta búsqueda NO DEBE ser abreviada cuando se revelan descubrimientos incómodos. Esto es de lo que tratan los derechos de la Primera Enmienda y una sociedad libre.

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