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Banano: la fruta prohibida

Banano: la fruta prohibida

Cuando los misioneros cristianos en la Edad Media se encontraron por primera vez con el banano en la costa del norte de África, quedaron cautivados. Uno de ellos le escribió a su obispo que el banano era el fruto perfecto. Si lo cortas, explicó, verás en cada segmento un recordatorio de la fe: una cruz.

¿Vestir hojas de banano?

Corta y abre un banano y, con bastante seguridad, encontrarás en las pequeñas semillas negras una cruz o, si lo prefieres, quizás un símbolo del sol Zuni o tibetano. Por esta razón, el banano a menudo aparece en imágenes religiosas dondequiera que ha viajado. En su tierra natal de Asia meridional, el banano aparece en muchos sutras budistas como un símbolo de la generosidad de la tierra, porque crece abundantemente y alimenta a millones. A medida que se extendió hacia el este a las naciones árabes y África, y hacia el oeste a Polinesia, adquirió importancia en otras creencias. Algunas tradiciones musulmanas y cristianas sostienen que el fruto prohibido que Adán y Eva disfrutaron tan brevemente en el Jardín del Edén no fue la manzana, que no es nativa de Mesopotamia, sino el banano. En la iconografía de esas tradiciones, el primer hombre y la primera mujer no usaban hojas de higo sino de banano para ocultar su desnudez.

Aquellos misioneros cristianos reconocían algo bueno cuando lo veían. Volvieron a Iberia e Italia con plantas de banano en la mano. Y pronto las Islas Canarias, bajo dominio portugués, se convirtieron en un importante centro de cultivo de banano. A partir de ahí, las plantas fueron llevadas al Nuevo Mundo, para ser plantadas en la isla de La Española, de donde el cultivo del banano se extendió a través del Caribe y hacia América del Sur. Sin embargo, no fue sino hasta que se desarrollaron los sistemas de refrigeración, a mediados del siglo XIX, que los europeos que volvieron a casa pudieron disfrutar de este tesoro particular de sus colonias —la fruta madura no podía sobrevivir el cruzar del océano—.

Cuando llegó la refrigeración, los bananos se convirtieron en un gran negocio. En 1885, la Boston Fruit Company (más tarde la United Fruit Company) empezó a importar el banano a los Estados Unidos, principalmente a través de Nueva Orleans en “barcos de banano”, que también llevaban las tarántulas y boas constrictor, que ahora prosperan en los bayous (un área de ciénaga en la boca del rio) de la delta del Misisipi. Hasta que Dole Company se estableció en Hawaii, el importador de Massachusetts protegió su monopolio apoyando una serie de dictaduras de Centroamérica y Suramérica, de ahí la frase “repúblicas bananeras”.

La sal de la inteligencia

Cualquiera que sea su historia política y religiosa, el banano ha sido reconocido desde hace tiempo como una rica fuente de alimento. Enterrado en la descripción científica del banano que más a menudo adorna nuestras mesas (Musa sapientum) se encuentra un silencioso homenaje a sus presumidas maravillas. El latín significa “musa del sabio”. El potasio, que el banano contiene en abundancia, también se ha llamado “la sal de la inteligencia”, tal vez porque figura en la mayoría de los llamados alimentos cerebrales. El banano tiene una fuerte concentración de azúcares naturales, casi un 20 % por peso. Esto lo convierte en una fuente de energía conveniente y, por lo tanto, un bocado preferido de los atletas y entusiastas del aire libre, por no hablar de personas que hacen dieta, quienes se benefician enormemente de la baja cantidad de grasa del banano (alrededor de medio gramo en una fruta de tamaño mediano de unos 110 gramos) y falta total de colesterol.

Gracias a su alto contenido de pectina, de hecho, se sabe que los bananos reducen significativamente el colesterol en la sangre. Los bananos también tienen cantidades abundantes de fósforo, hierro, tiamina, calcio y betacaroteno. Respecto a la única marca negra en su crónica (por así decirlo) es su tendencia a dañarse rápidamente, gracias a la alta presencia de la enzima polifenol oxidasa, la misma sustancia que hace que la piel humana se broncee en la luz solar. Para retardar este deterioro, puedes mantener tu reserva de bananos en un refrigerador (a 40 °F o 4,4 °C) o colgarlos de un estante para que la fruta cuelgue en el aire. Es mejor, sin embargo, simplemente clamar a la fruta como una maravilla transitoria y comerla rápidamente en su lugar.

Botánicamente, el banano es una cosa extraña: la planta en sí es una hierba, relacionada con el cilantro, y en su estado salvaje es delgada y herbosa. Su fruto es una fruta del bosque, nacida de y que contiene muchas semillas, y el plátano silvestre tiene incluso más semillas que su homólogo domesticado. La cáscara, tanto de las variedades silvestres y cultivadas, está llena de látex, por lo que es una fuente fácil de goma. La cáscara también está llena de dopamina, un narcótico natural, que llevó a algunos amantes de las emociones en los años sesenta a creer que el fumar la cáscara los drogaría de una forma económica. Solo obtuvieron dolores de cabeza a cambio, gracias al látex.

Ese látex, sin embargo, produce otro beneficio del banano o, más específicamente, de su variedad menos azucarada, el plátano. Esta es su capacidad para estimular la producción de mucosidad en la pared del estómago que, a su vez, retrasa la formación de úlceras de estómago. Cuanto más verde sea el plátano, se dice, mejor será la protección contra los estragos de los ácidos digestivos. Mientras que el jurado médico todavía no ha alcanzado un consenso, incluso los bananos comunes para postre parecen tener también cierto valor a este respecto; muchos pediatras sugieren su uso para los niños que sufren de gastritis.

Hoy en día, los bananos se cultivan no solo en el mundo tropical, sino también en invernaderos en climas templados, e incluso en Islandia, donde crecen al aire libre en los suelos volcánicos repletos de géiser.

Este artículo ha sido adaptado de New Century Nutrition, un antiguo sitio de internet de salud y una publicación desarrollada bajo la dirección del Dr. T. Colin Campbell.

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