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Cuando la “alimentación saludable” se vuelve mala para tu mente

El siguiente es un extracto de The Joyful Vegan: How to Stay Vegan in a World That Wants You to Eat Meat, Dairy, and Eggs (El vegano alegre: cómo mantenerse vegano en un mundo que quiere que comas carne, lácteos y huevos, en español) (2019, BenBella Books) de Colleen Patrick-Goudreau.

En 1997, un médico acuñó el término ortorexia nerviosa para describir la obsesión con la alimentación saludable que había visto en varios de sus pacientes. Construido a partir del griego orto que significa “recto, correcto” y orexis, que significa “apetito, alimentación”, se traduce como “una fijación en la alimentación justa o correcta”. La ortorexia nerviosa no es un diagnóstico médico o psicológico oficial, y soy reacia a usar el término para que no parezca que estoy patologizando la alimentación saludable. Después de todo, una alimentación saludable no es exactamente el problema de la mayoría de las personas; la alimentación no saludable sí lo es. Los asesinos más prevenibles en los países industrializados son aquellos que han sido acuñados como enfermedades de la riqueza: la aterosclerosis (endurecimiento de las arterias, que conduce a enfermedad cardíaca y accidentes cerebrovasculares), cáncer y diabetes, y todas están relacionadas con el consumo de carne, productos lácteos y huevos. Una investigación reciente del Journal of the American Medical Association (revista de la Asociación Médica Estadounidense, en español) concluyó que las dietas altas en carne y otras proteínas de origen animal fueron asociadas con un mayor riesgo de muerte prematura, y las dietas altas en proteínas de las plantas, como nueces, legumbres y frijoles, fueron asociadas con un menor riesgo de muerte prematura. Comer de manera más saludable es una solución, no un problema.

Dicho esto, creo que algunas personas pueden convertir el deseo de un bienestar óptimo en una obsesión. De hecho, debido a que la ortorexia tiene menos que ver con la autoestima y la mala imagen corporal que con el miedo a la enfermedad y la mala salud, algunos expertos la clasifican como una forma de TOC (trastorno obsesivo compulsivo) y dicen que se observa con mayor frecuencia en las personalidades tipo A: personas que tienden a ser más controladoras, competitivas y autocríticas. Hay una línea entre ser consciente de la salud y estar obsesionado con la salud, y parece estar en algún lugar entre querer comer lo que es saludable y estar ansioso por comer solo lo que se percibe como “puro”. Las personas que ven la alimentación a través de este lente del perfeccionismo llevan el deseo de comer bien al extremo, controlan cuidadosamente su alimentación, se sienten virtuosos por comer solo alimentos “limpios”, se sienten contaminados si comen algo “impuro” y experimentan ansiedad por no ser capaces de comer de forma perfecta todo el tiempo.

Obsesionarse respecto a estar saludable también puede provocar ansiedad y agotamiento.

Para ser claros, el hecho de que hagas dieta, evites los alérgenos, honres tus preferencias alimentarias, comas con atención o te identifiques como una persona que consume una alimentación “basada en plantas” o “vegana” no significa que estés obsesionado, de forma poco saludable, con la pureza gastronómica. Tampoco es ese el caso si evitas ciertos grupos de alimentos debido a alergias o afecciones médicas como la enfermedad celíaca. Sin embargo, dejando de lado las alergias y las dolencias, cuando llegues al punto de denunciar cualquier receta y evites con temor cualquier plato que contenga incluso pequeñas trazas de aceite, azúcar, sal, soya, carbohidratos, trigo, gluten o alcohol, el camino hacia la salud puede parecer más un trabajo arduo que algo que te dé placer. Cuando la lista de “alimentos buenos” se vuelva cada vez más corta y la lista de “alimentos malos” siga creciendo, cuando las pautas se conviertan en reglas, cuando las reglas se vuelvan inquebrantables, puede ser momento para detenerte y evaluar la situación.

Además de la angustia psicológica que te puede causar este tipo de alimentación rígida, también puede ser social y personalmente perjudicial, lo que te llevaría a cualquiera de las siguientes situaciones:

  • Evitar salir a comer con amigos porque temes que el restaurante no tenga opciones de menú lo suficientemente saludables para ti,
  • eludir comer cualquier cosa hecha por otra persona porque no sabes exactamente cuáles son los ingredientes,
  • sentirte tan fuertemente identificado con tu alimentación que evites asociarte con otras personas que no coman en la forma en la que lo haces,
  • evitar cualquier alimento “procesado” por temor a que te enferme,
  • evitar los alérgenos comunes (como la soya o el trigo) no porque seas alérgico a ellos, sino porque los consideras dañinos,
  • atribuir en exceso cada dolencia física a algo que comiste (o no comiste) o a algo que comes de vez en cuando,
  • pasar de una tendencia de dieta basada en plantas a la siguiente, como la baja en grasas, alta en carbohidratos, alta en proteínas, de restricción calórica, solo fruta, ayunos de agua, etc.,
  • sentirte virtuoso o moralmente superior a los demás debido a lo “puro” que comes,
  • sentirte culpable o detestarte por no ser perfecto, especialmente cuando te comparas con otros que crees que son perfectos, como los “influenciadores” que sigues en las redes sociales.

La alimentación rígida se ve en muchas comunidades conscientes de la salud; no es específica para aquellos que se abstienen de consumir productos de origen animal. Y algunas personas etiquetan erróneamente a cualquiera que elimina alimentos específicos (incluyendo a los veganos) como personas con una alimentación rígida. Pero es importante recordar que una alimentación rígida no se trata simplemente de restringir ciertos alimentos; se trata de cómo un individuo se adhiere a una forma particular de comer y la forma en la que usa las restricciones para fomentar el pensamiento y el comportamiento desordenados en torno a la alimentación.

Obsesionarse respecto a estar saludable también puede provocar ansiedad y agotamiento. No solo es perjudicial para la felicidad y el bienestar a largo plazo, hay evidencia que sugiere que aquellos que comen plantas por su salud pueden tener un mayor riesgo de reincidencia o recaída en el consumo de productos de origen animal que los veganos éticos. Un estudio publicado en la revista Appetite sobre las “diferencias entre los vegetarianos motivados por la salud y los motivados por la ética” descubrió que las personas que son vegetarianas por razones éticas tienen más probabilidades de seguir siendo vegetarianas que las personas que se vuelven vegetarianas por razones de salud. No sabemos con certeza por qué sucede, pero tener una visión rígida de lo que constituye una alimentación saludable puede ser una de las razones.

Dos posibles explicaciones para los autodenominados “veganos por la salud” que vuelven a comer carne, productos lácteos o huevos son consumir una dieta restrictiva en calorías y tener expectativas irracionales sobre el poder curativo de los alimentos vegetales. Otro estudio en Appetite descubrió que los veganos motivados por la salud tenían menos probabilidades de tomar suplementos de vitamina B12 o vitamina D, posiblemente porque creen que los alimentos basados en plantas sin procesar son una fuente superior de nutrientes esenciales y que los suplementos son artificiales y, por lo tanto, “impuros”.

Si eso es cierto, puede poner a los veganos motivados por la salud en un mayor riesgo de deficiencias de nutrientes, y también puede ser la razón por la que vuelven a comer carne, productos lácteos o huevos (y se sienten mejor una vez que lo hacen). No se trata de que consumir una alimentación basada en plantas sin procesar no sea óptimo en términos de salud y bienestar, y por supuesto, ningún médico acreditado recomendaría sustituir alimentos saludables basados en plantas por suplementos dietéticos, pero las deficiencias de nutrientes pueden ser causadas por varios factores (hormonas, estrés, mala absorción, problemas digestivos) y no siempre se pueden remediar solo con alimentos sin procesar (en otras palabras, los suplementos pueden ayudar).

La conclusión es que, si esperas que el veganismo sea una panacea para todos tus problemas de salud, es más probable que atribuyas cualquier dolencia nueva difícil de diagnosticar o una posible deficiencia relacionada con los nutrientes al hecho de que has dejado de comer carne, productos lácteos y huevos. Agrégale a eso que, al hacer búsquedas obsesivas en Google, obtener consejos nutricionales de la Universidad de YouTube (no acreditada) y seguir a exveganos en las redes sociales, lo más probable es que dejes de ser vegano.

Hacerte cargo de tu propia salud no es esencialmente malo, pero cuando la especulación suplanta a la ciencia y las tendencias en dietas tienen prioridad sobre el sentido común, ser tu propio experto puede ser un camino peligroso. Si te convences de que es más “natural” obtener tus ácidos grasos omega-3 de los huevos o el pescado en lugar de hacerlo de un suplemento (aunque, actualmente, las gallinas ponedoras y los peces criados en granjas obtienen sus ácidos grasos de los suplementos añadidos a su alimentación), es probable que comiences a comer huevos y pescado nuevamente. Incluso puedes sentirte mejor una vez que lo hagas. Sin embargo, es posible que también te sientas mejor si tomas suplementos de omega-3 hechos de algas (el origen de los ácidos grasos omega-3) mientras continúas consumiendo una alimentación basada en plantas sin procesar. Lo mismo aplica para una dieta con restricción calórica (a la que muchos exveganos admiten adherirse): si te sientes constantemente letárgico, hambriento e incapaz de concentrarte, puede ser porque no estás obteniendo suficiente combustible (es decir, calorías) para mantener tu energía y agudeza mental. Si agregas carnes, productos lácteos y huevos de nuevo a tu alimentación —y por lo tanto más calorías— lo más probable es que te sientas más enérgico, saciado y con lucidez. Sin embargo, es posible que te hubieras sentido tan enérgico, saciado y lúcido si hubieras consumido más alimentos vegetales ricos en calorías.

Consumir suficientes calorías, tener expectativas razonables sobre el poder curativo de los alimentos y redefinir qué es una alimentación saludable son solo algunas de las formas de contrarrestar los efectos negativos del consumo excesivo de información relacionada con la salud y, por lo tanto, la tentación de volver a comer carne, productos lácteos y huevos.

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