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Un desastre de salud en desarrollo

Un desastre de salud en desarrollo

En 2002, la Junta de Alimentación y Nutrición (FNB, por sus siglas en inglés) de la Academia Nacional de Ciencias (NAS, por sus siglas en inglés) publicó su más reciente ingesta recomendada de nutrientes.

Desde 1943, la Junta de Alimentación y Nutrición nos ha estado diciendo qué cantidad de cada nutriente consumir, en forma del Consumo Diario Recomendado —abreviado RDA (sigla en inglés de Recommended Daily Allowance)—. Esta Junta y su Comité de Guías Alimentarias del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, que traduce las recomendaciones de la Junta de Alimentación y Nutrición en guías prácticas de alimentos, crean lo que se conoce generalmente como política nacional de nutrición. La influencia y la responsabilidad de estos dos paneles son omnipotentes e impresionantes. Numerosos programas apoyados por el Gobierno usan estas recomendaciones, incluyendo el programa de almuerzos escolares, el programa de Mujeres, Infantes y Niños —abreviado WIC (sigla en inglés de Woman, Infants and Children)— y comidas reembolsadas por Medicare para hospitales y residencias de ancianos.

Después de haber sido miembro de varios paneles de expertos en formulación de políticas de alimentación y salud durante un periodo de 20 años, hasta 1997, albergué la ingenua opinión de que estos paneles estaban dedicados a la promoción de la salud del consumidor. Ya no lo creo.

Este informe deja en claro que las prácticas alimentarias y de salud que nos han traído tanta enfermedad en las últimas décadas permanecerán intactas, tal vez incluso empeorarán. Dos de tres estadounidenses tienen sobrepeso y la diabetes “de adultos” está atacando ahora a nuestros niños. Las altas tasas de larga data de varios tipos de cáncer y enfermedades cardiovasculares siguen siendo inmunes al cambio. Estamos pagando cantidades crecientes de dinero —mucho más— y obteniendo menos. Una nación de comida aún más rápida nos espera, parafraseando el libro de Eric Schlosser.

En este informe más reciente de la Junta de Alimentación y Nutrición vemos algunas nuevas recomendaciones, especialmente para los macronutrientes que suministran nuestras calorías (proteína, carbohidratos, grasa). En lugar de recomendar la ingesta de nutrientes que se basa en números individuales del Consumo Diario Recomendado, como en informes anteriores, este nuevo informe permite rangos de consumo que se dice “satisfacen las necesidades nutricionales diarias del cuerpo, minimizando el riesgo de enfermedades crónicas”. Las principales conclusiones se destacan en el resumen ejecutivo y en el comunicado de prensa. “Los adultos deben consumir del 45 al 65 por ciento de sus calorías totales de los carbohidratos, del 20 a 35 por ciento de la grasa [hasta 40 % para los niños], y del 10 a 35 por ciento de la proteína”. El informe también dice que podemos consumir hasta 25 % de nuestra energía de los azúcares añadidos encontrados en dulces, pasteles y gaseosas. Expresar la ingesta óptima de nutrientes como rangos es ciertamente más informativo y realista de lo que fueron los números individuales del Consumo Diario Recomendado de informes anteriores. Pero definir y fijar estos límites debe basarse en una revisión cuidadosa y completa de la evidencia.

Consideremos el caso de la proteína, que simboliza nuestras preferencias por los alimentos más que cualquier otro grupo de nutrientes. El límite inferior del 10 % de la proteína en los alimentos es equivalente al Consumo Diario Recomendado de los informes anteriores, publicados por primera vez en 1943. De hecho, esta cantidad ya está por encima de los requisitos teóricos de casi todas las personas. El profesor Henry Sherman, de la Universidad de Columbia fue, en gran medida, decisivo en el establecimiento de esta recomendación, basada en un resumen de cerca de 100 participantes en el año 1920. Él sugirió que, alrededor del 8 % de las calorías en la alimentación era suficiente, pero ofreció que para aquellos “cuyos temperamentos se inclinan hacia una mayor ingesta de proteínas”, un rango de 10 % al 15 % podría estar en orden.

Sin embargo, debido a que prácticamente adoramos las comidas ricas en proteínas, la gran mayoría de nosotros hemos decidido “atiborrarnos” dentro del rango de 11 % a 22 % de proteína en los alimentos, con la mayor parte de esta proteína extra proveniente de comidas de origen animal. Pero lo hacemos con un riesgo considerable para la salud, en parte debido al exceso de proteínas en sí y en parte debido a los tipos de comidas que proporcionan principalmente un alto consumo de proteínas. Solo muy pocos de nosotros consumimos dietas tan altas como del 22 % de proteína, y es generalmente por “bombeo de hierro”.

Ahora, debemos entender la asombrosa conclusión de que consumir dietas tan altas como del 35 % de proteína (¡!) se encuentra dentro de un rango de “minimizar el riesgo de enfermedad crónica”. Las implicaciones de esta nueva recomendación para promover la enfermedad son abrumadoras. Hay amplia evidencia que demuestra que el consumo de dietas “solo” tan altas como del 20 % al 22 % de proteína aumenta el riesgo de muchas enfermedades graves. Pero el comité de la Junta de Alimentación y Nutrición dice que podemos ir a un nivel aún más alto del 35 %, sin efectos negativos.

Aumentar el consumo de proteínas de origen animal hasta niveles alimentarios muy por debajo del 35 % se asocia con niveles más altos de colesterol en la sangre y más placa aterosclerótica (incluso más que la grasa saturada), mayor riesgo de cáncer (causado por múltiples mecanismos), mayor pérdida ósea de calcio y mayor riesgo de osteoporosis, mayor riesgo de enfermedad de Alzheimer y mayor formación de cálculos renales, por nombrar solo algunas enfermedades crónicas que el comité de la Junta de Alimentación y Nutrición ignora misteriosamente o afirma que no se ven afectadas por este alto consumo de proteína. Estos hallazgos ignorados no son los resultados de unos pocos experimentos aislados. En la mayoría de los casos representan un resumen de múltiples estudios, algunos de los cuales son incluso de hace muchas décadas atrás.

Este informe hace recomendaciones de otros macronutrientes que son igualmente problemáticas. En él dice, por ejemplo, que podemos consumir con seguridad hasta el 25 % de nuestra energía diaria como azúcares añadidos, es decir, dulces, gaseosas, productos alimentarios endulzados y pasteles, algunos de los cuales también están cargados con grasa añadida. El comité reconoce que la obesidad se ha convertido en un problema de salud de gran preocupación pero luego, falsamente, culpa a las dietas con “alto contenido de carbohidratos” como el problema. Al igual que ciertos autores de libros de dieta populares, se equivocan en este punto de vista porque no distinguen entre los beneficios para la salud de los carbohidratos complejos (por ejemplo, los productos de cereales de grano entero) que se recomendaron previamente, y los problemas de salud de azúcares y almidones refinados (por ejemplo, dulces, pasteles y pastas de harina refinada), que nunca fueron recomendados por informes anteriores.

El informe de la Junta de Alimentación y Nutrición también arrojó luces sobre la grasa en los alimentos. Informes anteriores recomiendan mantener la grasa en la alimentación en menos del 30 %, pero este reciente informe ahora dice que podemos ir hasta el 35 %, incluso hasta el 40 % para los niños.

Los grupos que usan este informe serán alentados a consumir la misma dieta de carbohidratos de tipo azúcar y almidón y comidas altas en grasa, ricas en proteínas origen animal que ahora nos hacen gordos y fertilizan el crecimiento de nuestras enfermedades crónicas. Ciertamente, las recomendaciones anteriores no han puesto freno a la creciente ola de enfermedades crónicas degenerativas durante las últimas décadas. Pero estas recomendaciones, por sí mismas, eran tibias, en parte debido a la percepción de evidencia insuficiente y en parte por la timidez de enfrentarse a una creciente industria alimentaria que ofrece un bufet de comidas procesadas ricas en proteínas y ricas en grasa. Ahora tenemos evidencia abrumadora para demostrar que una alimentación basada en plantas sin procesar, baja en grasas y proteínas y alta en carbohidratos complejos (¡pero no en carbohidratos refinados!) se asocia con tasas sustancialmente más bajas de estas enfermedades. Además, también tenemos información sustancial sobre cómo estos alimentos producen sus beneficios biológicos.

Este reporte representa una reacción violenta contra evidencia emergente pero convincente que ahora aterroriza a las industrias alimentaria y farmacéutica. Sin embargo, hace lo mejor para remediar este problema al inventar una dulce historia para estas industrias. La salud corporativa sin duda será mejorada, pero la salud del consumidor, sin duda, será retrasada, tal vez durante décadas.

No me siento cómodo al descubrir una influencia corporativa muy preocupante en la elaboración de este informe. Por ejemplo, el presidente del subcomité responsable de fijar los límites máximos para estos macronutrientes salió del panel (antes de su conclusión) para posicionarse en un cargo ejecutivo con la compañía de comidas más grande del mundo, que encontrará estos productos especialmente sabrosos para su utilidad neta. Su sustituto fue alguien que reconoce abiertamente que sabe muy poco sobre la nutrición, ya que este no ha sido su campo. El presidente de la Junta de Alimentación y Nutrición, que ayudó a seleccionar miembros del panel, es un asociado bien conocido de la industria láctea. Durante su presidencia del Comité de Guías Alimentarias, sus vínculos con la industria se conocieron solo a través de acciones judiciales. También me parece preocupante que este informe recibiera fondos de compañías farmacéuticas y de comidas que encontraran sus contenidos especialmente sabrosos.

No recuerdo esos escandalosos conflictos de intereses durante mi mandato con estos paneles asesores. Es hora de que los paneles asesores y sus organizaciones matrices, que desarrollan las políticas de alimentación y salud, tomen más responsabilidad de revelar plenamente todos los posibles conflictos de intereses. Además, insto a que consideren no permitir que investigadores con conflictos serios ocupen posiciones de liderazgo en estos paneles. El público merece mucho más de lo que están recibiendo de este informe tan importante.

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